lunes, 20 de marzo de 2017

Las cosas que perdimos en el fuego (Mariana Enríquez)

Páginas: 200
Publicación: 2016
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Las autodenominadas «mujeres ardientes», que protestan contra una forma extrema de violencia doméstica que se ha vuelto viral; una estudiante que se arranca las uñas y las pestañas, y otra que intenta ayudarla; los años de apagones dictados por el gobierno durante los cuales se intoxican tres amigas que lo serán hasta que la muerte las separe; el famoso asesino en serie llamado Petiso Orejudo, que sólo tenía nueve años; hikikomori, magia negra, los celos, el desamor, supersticiones rurales, edificios abandonados o encantados... En estos once cuentos el lector se ve obligado a olvidarse de sí mismo para seguir las peripecias e investigaciones de cuerpos que desaparecen o bien reaparecen en el momento menos esperado. Ya sea una trabajadora social, una policía o un guía turístico, los protagonistas luchan por apadrinar a seres socialmente invisibles, indagando así en el peso de la culpa, la compasión, la crueldad, las dificultades de la convivencia, y en un terror tan hondo como verosímil.
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Últimamente leo muchos libros de relatos. Me gusta este género. Historias cortas conectadas (o no) por algún denominador común. Es como la vida, somos historias, muchas, algunas se engarzan entre sí de forma natural, otras planean como satélites que orbitan alrededor... Sí, quizás es por eso: sin duda, si mi vida fuera un género literario sería el de relatos. 

No sabía qué esperaba de este libro, que veía mucho por las redes sociales pero al que llegué pensando que las historias que contenían eran diferentes, lo que no esperaba era encontrarme con relatos de “terror”. Si bien es verdad que ninguna de las historias me ha provocado miedo, porque me provoca más angustia la vida real, sí es cierto que te desazonan lo suficiente como para seguir leyendo, pese a la inquietante zozobra con la que vas pasando páginas.

Llama poderosamente la atención uno de los recursos utilizados por Enríquez: los finales. Algo difícil de manejar y que, sin embargo, en este libro son decisivos para provocarte desasosiego. Lo que hacen los finales de estos relatos es abrir puertas. Una elección meditada por parte de la autora, y que solventa con acierto. Cada relato finaliza con una puerta abierta a un relato que, entonces, empieza o continúa en la mente del lector. Finales que abren puertas. Eso es genial ¿verdad? Pero mejor que no se nos olvide de cerrar la puerta que hemos dejado atrás antes de atravesar una nueva…

Lo que convierte a cada historia en una historia eficaz es precisamente que sea inacabada y abierta, además de la “naturalidad” de las situaciones que presenta Enríquez, situaciones y acciones que debieran ser desconcertantes, pero que nos presenta de tal forma que asumimos como “normales”. Bien es verdad que mi frontera entre lo normal y lo que no lo es está muy desdibujada, pero es mérito de la autora, qué duda cabe, que convierta cada historia en algo hipnótico, pese a que eres consciente de lo que de insano e inquietante hay por debajo. 

Los ingredientes están a nuestra disposición y son manejados y combinados con pericia. Lo sobrenatural, pero también personajes realistas en una sociedad reconocible. Se exploran fronteras entre lo fantasmagórico y las debilidades humanas, los trastornos y la fantasía terrorífica, la incomunicación y el horror, lo cotidiano y las tradiciones…

Todo envuelto en una atmósfera oscura, como corresponde al género en el que se mueven estos relatos. Un terror realista a veces, fantasmagórico otras, que sobresalta por los mimbres de cotidianeidad con los que se construyen. Que algunos de estos relatos transcurran en el interior de casas nos provoca esa sensación de que no estamos seguros en ningún sitio. Todo puede pasar en cualquier lugar porque, en verdad, el miedo, el pánico, está en nuestro interior. Lo llevamos incorporado como buen mecanismo de supervivencia que es.

Que las protagonistas sean mujeres, que el entorno en el que transcurren las historias sea el de la pobreza y la miseria, ambientes precarios y ruinosos, no hace otra cosa que envolverlo todo de un realismo que es lo que resulta más turbador y sofocante.

No hay una lírica que intente engatusar al lector, el terror no necesita de adornarse con una narrativa poética o alambicada. Es la sencillez de lenguaje utilizado por Enríquez lo que da más fuerza y contundencia a lo que cuenta y lo que finalmente te convence.

martes, 14 de marzo de 2017

Acuario (David Vann)


Título original: Aquarium
Traductor: Luis Morillo Fort
Páginas: 224
Publicación: 2015 (2016)
Editorial: Penguin Random House
Sinopsis: A sus doce años, Caitlin vive junto a su madre, Sherri, en una casa de protección oicial de un barrio suburbial de Seattle. Después del colegio, Caitlin espera cada día en el acuario de la ciudad a que Sherri la recoja. El acuario es un universo apasionante y reluciente de criaturas marinas y un refugio donde Caitlin alimenta su imaginación y deposita todas sus esperanzas. Pero la rutina de estas tardes frente a los tanques de peces se rompe el día en que un adorable anciano entabla conversación con ella y, poco a poco, el desconocido se va ganando su confianza. El día en que Sherri averigua de la existencia de este nuevo amigo, el frágil mundo que ha logrado construir junto a su hija a lo largo de los años se hace añicos.
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¿Qué sentido tienen los caballitos de mar?
Fue por la portada. No pude evitar recordar otra y también una pregunta (¿Te gusta la portada de La niña del faro?). Me palpitó el caballito de mar que tengo tatuado en la yugular y cuando quise darme cuenta ya lo tenía en la mano.

¿Vann? No había leído nada de él, aunque conozco su vida, su drama personal, que intenta purgar a través de la escritura. Dicen que este libro es algo diferente a lo que ha escrito hasta ahora. No me importa. No he leído nada suyo, insisto, así que este será el Vann que vaya a conocer.
El precio de esconderse. Basta con aguantar un minuto la respiración para comprobar en qué se convierte un minuto.
Y claro, ya estoy en conflicto. Tengo que separar las dos lecturas simultáneas que hice de este libro. Una, la de lectora, sin más. Una lectora últimamente quisquillosa y exigente, es verdad.  Y otra, la del mensaje que este libro tenía para mí, justo en los días que lo leí y que me produjo un tremendo desasosiego por la coincidencia con ciertas circunstancias y cómo me rozaban a mí. Así que de esta última lectura no puedo/quiero hablar. Y la persona con la que podría hablarlo no es posible porque ya hace mucho que no me sabe leer, si es que alguna vez lo hizo.

Así que vamos a quedarnos con las sensaciones de la lectora quisquillosa y exigente. ¿Y qué sensaciones son esas? Confusas, bastante confusas. Contradictorias incluso. Caitlin es el personaje que sostiene totalmente Acuario. Todos los demás se tambalean. El abuelo, Steve… no me resultan creíbles, están como “puestos” ahí para justificar una historia, son excusas necesarias pero están tan… forzados, que me desmontan toda la historia.
Con los padres todo es posible. Los padres son dioses. Nos crean y nos destruyen. Modifican el mundo a su antojo, a su imagen y semejanza, y ese es el mundo que nosotros conocemos después. El único. No nos es posible ver cómo podría haber sido de otro mundo.
¿Y Sherri? Pues no sé qué pensar. Es como si habitaran dos Sherri dentro de ella, la Sherri hija y la Sherri madre. He sido muy comprensiva con ella. Con la Sherri madre. Muchísimo. No me quedaba otra. Soy muy comprensiva con las múltiples personalidades. Pero aun así, me ha parecido excesiva.

Creo que el problema con esta lectura ha sido ese, que muchas situaciones me han parecido forzadas, impuestas por la propia necesidad de Vann de mostrar lo dañinas y violentas que pueden ser las relaciones familiares y, a la vez, por la no menos necesidad de darle una resolución amable. Un final feliz. Que ya sabemos que no existen, y por eso desafina.

¿Qué debemos por lo que vino antes que nosotros, las generaciones previas. […] No podemos penetrar en ese mundo fantasma para efectuar el pago, ese es el problema.
Sí me ha gustado, y mucho, el planteamiento de las herencias familiares. Y no me refiero a las económicas, que ya sabemos que de por si son fuente de conflicto y el detonante que visibiliza la fragilidad de los lazos familiares. Me refiero a otras herencias: las emocionales, la de los fantasmas y traumas vividos por las generaciones que te preceden, mucho menos perceptibles pero no por ello menos dañinos. Se heredan, se imponen, condicionan. Machacan. No las has vivido tú, pero las padeces. La forma que utiliza Vann es clara: sabe que vivimos en un mundo cruel y no nos va a ocultar la violencia. Ni siquiera la agresividad (física y emocional) que habita dentro de las familias. La que anida dentro de cada uno de nosotros como una víbora agazapada. No evita la bofetada, la provoca hasta descerrajarte la cara. ¿Se puede perdonar a tu propia familia?
Creo saber el momento que quieres oír, porque tomé una especie de decisión. Hubo un cambio, por decirlo así. Pero no puedo empezar desde el principio. Nunca he sabido hacerlo. Tengo que empezar por el final e ir retrocediendo y la cosa no termina nunca porque no puedes retroceder toda la vida.
Tal vez para Vann el sentido que tienen los caballitos de mar sea una pregunta sin respuesta. Pero para mí los caballitos de mar no solo tienen todo el sentido, mi propio sentido, es que además creo firmemente que más que una pregunta son en sí mismos una respuesta. Y con esta discrepancia, no menor, nos hemos topado. Y no voy a temporizar ni transigir en nada que tenga que ver con los caballitos de mar.

Las erratas (varias) del libro tampoco ayudaron mucho, y para muestra un botón, tal cual, o sea, sic (pág. 42):

Aquí tienes diez dólares el puesto de comida ambulante, cuando te entre hambre.
Malditas portadas…

(©AnaBlasfuemia)

miércoles, 8 de marzo de 2017

Mi hija Marie (Nadine Trintignant)


Título original: Ma fille, Marie
Traductor: Manuel Serrat Crespo
Páginas: 160
Publicación: 2003 (2004)
Editorial: Martínez Roca
Sinopsis: Carta abierta a una víctima de la violencia de género. Durante el rodaje de una película en Vilnius, a las órdenes de su madre, la actriz francesa Marie Trintignant murió, tras una paliza propinada por su pareja, el cantante Bertrand Cantat vocalista del grupo de música Noir Désir. Su muerte desencadenó una fuerte polémica en los medios de comunicación internacionales. Su madre, la realizadora de cine Nadine Trintignant, ha volcado en esta estremecedora narración sus vivencias y sus últimos días junto a su hija, en un texto que es, tanto una terapia personal, como un documento de denuncia contra la violencia doméstica.


Pero somos lo que hacemos. Ni más ni menos.

Hechos: La noche del 26 al 27 de Julio de 2003 Bertrand Cantat propinaba una brutal paliza a Marie Trintignant. Hasta 17 golpes le descargó Bertrand a Marie, provocándole un derrame y un edema cerebral que la dejarían en coma.
Un bofetón nunca es anodino, un bofetón nunca es un accidente.
Hechos: Después de apalearla salvajemente, Bertrand tumbó a Marie en la cama, tapó su rostro con una manta y dejó pasar horas, hasta siete, antes de que se avisara a una ambulancia. Esas horas sin recibir atención médica le costaron la vida a Marie. Miento: lo que le costó la vida fue todos y cada uno de los 17 golpes bestiales que le atizó Bertrand.
Creíste que tu asesino te amaba. Quería poseerte. Que fueras suya y sólo suya. Eso no es amor, eso no es pasión: es posesión.
Hechos: Días más tarde, el 1 de agosto de 2003, Marie fallecía después de varias operaciones. Bertrand, que alegó que fue un “accidente y no un crimen”, fue condenado a 8 años de prisión. Apenas cumplió tres.
La trampa en la que caen, en la que tú caíste, es creer que ibas a cambiar a tu asesino. No se cambia a nadie.
Hechos: Bertrand retomó su carrera musical. Marie… ah… Marie no pudo retomar nada.
No me atrevía a ir más allá de los límites de la discreción que una madre debe a su hija. ¡Qué error, amor mío!
Hechos: Nadine, madre de Marie, escribe una carta en la que relata lo sucedido y vivido durante esos días, a la vez que recuerda a su hija y llena cada página de un repetitivo e intenso “no vi”, “no comprendí”. Al poco del fallecimiento de Marie, se publica la carta, que es este libro, cuyo testimonio pretende crear una conciencia de denuncia de estas situaciones de violencia de género, así como cambiar una ley que condena con penas irrisorias a los asesinos. Nadine es acusada de exhibicionista, impúdica, vengativa y de alimentar el sensacionalismo por publicar esta carta. 

La madre de la mujer asesinada es acusada por la sociedad. 

Bertrand pasa menos de tres años en la cárcel.
No vi. No comprendí.
¿Estamos locos? Locos no sé. Ciegos lo estamos en muchas ocasiones. Insensibles. Luchar contra la violencia de género no es algo puntual. No es un 8 de marzo. Es un compromiso constante, cada minuto, cada hora, cada día, cada mes, cada año y cada vida. La lucha contra las personas manipuladoras, mentirosas, dañinas, tóxicas… cada minuto, cada hora… constantemente.
Están los egoístas y los que dan.
Mi hija Marie es un libro estremecedor. No por su estilo literario (inexistente, pese a ser Nadine guionista y directora de cine), sino por su testimonio. No hay un esfuerzo por escribir bien ni bonito. Hay un esfuerzo por retener a una hija que ya no está, por comprender lo sucedido, por purgar la culpa (No vi. No comprendí). Hay muchas víctimas alrededor de una víctima de violencia de género. Ninguna de ellas es el verdugo, por muchas condenas que este cumpla. La justicia es injusta. Quizá la vida también lo sea, si un asesino puede seguir con su vida después de quitarle la vida a su pareja porque… ¿por qué? ¿por qué? No hay ningún por qué. Nunca lo habrá.
No hay título de amor para los que golpean. El amor transciende y conmueve la vida. El amor puede romper los corazones. No los cuerpos. El amor sigue siendo lo mejor que podemos ofrecer. No lo peor.
Ni una menos. Ni una. Vivas, así nos queremos. Así te quiero. Así me quiero.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Yo te quise más (Tom Spanbauer)

Título original: I Loved You More
Traductora: Cruz Rodríguez Juíz
Páginas: 444
Publicación: 2013 (2015)
Sinopsis: Ben fue un iluso al creer que podría amar a un hombre y luego a una mujer, «dos personas extraordinarias, dos formas únicas de amar, de décadas diferentes, en extremos opuestos del continente», y salir indemne. Hank y Ben establecieron una profunda amistad en el Nueva York de los años ochenta, mientras aprendían a convertirse en escritores. Hank era heterosexual, y Ben, a pesar de haber estado con mujeres, un homosexual en toda regla. En los años noventa, Ben, ya sin Hank y enfermo de sida, se enamoró de Ruth, una de sus estudiantes de escritura creativa en Portland. El día que Hank apareció de nuevo en escena, nada pudo evitar que se cumpliera aquella famosa regla del tres, según la cual a un trío siempre se le acaba sumando un cuarto o restándosele uno. Y en este caso fue Ben quien quedó fuera.
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Si el afecto equivalente no es posible, que sea yo quien ame más (W.H. Auden)
Si pudiera escribir un silencio, largo como una travesía, hondo como un quejido, profundo como un aullido, lleno de todos los sentimientos que hacen cimbrear cada poro de mi piel, cada fibra de mi alma… si pudiera escribir ese silencio, exactamente ese es el que escribiría para hablar de este libro. Pero los silencios existen y no se escriben. Se callan.
Por mucho que lo intentes, tú solo no puedes inventarte un mundo así. Ese espacio, cómo te pierdes en él, cómo te sientes, exige ser dos.
Podría decir que empecé a leer este libro el día que lo compré. O el día que metí otro exactamente igual en una caja. O que lo empecé a leer tiempo después, en mayo de 2016, cuando alguien me manda una fotografía de su portada intentando restituir un puente (¿de dónde a dónde? ¿de quién a quién?). O que, finalmente, lo empecé a leer el 27 de diciembre de 2016, camino a Merzouga. Y todas las veces fueron verdad y no lo fueron ¿hacen medias verdades y medias mentiras una verdad entera? (va a ser que no). En cualquier caso, un libro que he hecho esperar. De esos que son bombas de relojería en el estante, que lo ves palpitar cada vez que lo miras, que sabes que te está esperando, que te llama, que tiene una historia para ti.
Es como escribir […] Tienes que ir a donde duele.
7 años tardó Tom Spanbauer en escribir y publicar este libro. Y casi 70 días los que yo he estado con él. Los que el libro ha estado conmigo. Por mar, por tierra, por aire, por arena, por el desierto. Yo te quise más, en todo momento, lugar, beso, faro, silencio, mirada, abrazo, lágrima, mentira, ausencia, mano, desprecio, respiración, poema, pesadilla, salto, promesa, enfermedad, canción, silencios, aprecio, cronopio, olvido, encuentro, reencuentro, desencuentro, aire, preguntas sin respuesta, vínculo, carrera, ninguneo, liberación, cima… en todo momento a mi lado. (Yo te quise más). Para qué las prisas, una no solo vuelve a los lugares en los que algún día fue feliz, también quiere quedarse en donde lo está siendo. O, si no siendo feliz, al menos sintiendo que la bombilla en el pecho arde hasta volverse incandescente. Libros que no se leen, se viven. Te viven. Tenía que ir a donde dolía. Y contarlo. Así.

Tom Spanbauer se mueve como un cardumen en lo que él llama “escritura peligrosa”. Con ella minimiza la fricción de la vida y sortea al depredador que todos llevamos dentro. Y a los que hay fuera (¡líbrenos el metabolismo de todo ente tóxico!). Juntar a un autor que maneja con virtuosismo la escritura peligrosa con alguien que practica con cierta asiduidad la lectura peligrosa… ¿es un peligro? No. Es la combinación perfecta. Una lectora peligrosa se encuentra con un escritor peligroso. Como mucho es una osadía. El resultado es emoción burbujeando a cada página, a cada párrafo. Es comprensión, conexión, la lectura perfecta en el momento idóneo, un escritor agitando los filamentos de tu bombilla, el pecho reventando en millares de luces evanescentes, los fantasmas encontrando su hogar. 
Cogí un cuchillo, me lo llevé al pecho, lo clavé con fuerza abajo y en círculo, me arranqué el corazón y lo deposité, todavía caliente, en la página.
Terminas el libro y tu cuerpo no se mueve. Desde fuera alguien, objetivamente, podría decir que ni respiras. Tal vez si se fijara detenidamente observaría un brillo en la mirada, el lugar en el que la verdad nunca se esconde detrás de las sombras. Todo se está moviendo y convulsionando dentro, donde nadie lo ve. Nadie excepto tú. Y sientes la belleza. Cruel. Desgarradora. Tierna. Cuando algo hermoso duele. Cuando el dolor es hermoso. No te mueves. Por dentro, un huracán. Todas las hebras de la emoción vibrando, si fueran notas musicales serían alguna sinfonía, tal vez alguna canción de esa playlist que guardas en lo más profundo de tu alma y escuchas a solas mientras te arrancas el corazón y lo depositas en un folio en blanco. Has leído cada página sintiendo esa agitación que se siente cuando sabes que es eso, que alguien lo ha escrito, que lo estás leyendo, que lo estás viviendo, que es así. La turbación de la vida cuando la agitan y te desprendes de las costras, ya innecesarias. Hay que dejar paso a la cicatriz. 
Lo peor de la esperanza no es cuando no la encuentras. 
Es cuando la pierdes.
No es insólito: debo ser la única que no ve un triángulo en esta historia. Yo solo veo a Ben y a Hank, todo el tiempo, siempre. Ellos son los planetas, las constelaciones, y el resto del mundo son meros satélites. Lo demás, los demás, sí, son amor también, eso que se llama amor, lo mismo que decimos tranquilidad, no estar solo, sexo, risas, compañía... Miles de formas de autoengañarnos y engañar. Escaparates. Pero no hay triángulo, hay Ben y Hank. Ben y Hank son EL amor porque son su propia honestidad. Se protegen uno al otro, también del uno y del otro. Son ese amor del que huyen los cobardes. Y esto es más complejo de explicar de lo que me voy a permitir aquí, en estas líneas de este blog sin red.
A alguien que hace eso. Te enfrenta a ti mismo. No puedes evitar quererlo.
¿Por qué leo? Muchas veces he comentado aquí las razones por las que leo. Pero creo que nunca lo he expresado de la forma que lo voy a hacer ahora: para que alguien ponga voz a los silencios que me arden en las entrañas.

En una entrevista, dice Spanbauer que “La ficción es la mentira que hace más verdadera la verdad”. Qué grande, Spanbauer, justo eso. Justo eso aprendí. Algo que creía saber pero que solo ahora sé. Cuánta verdad hay detrás de vidas ficcionadas, cuanta mentira detrás de vidas que se exhiben con pretendido (y pretencioso) realismo. Ver la verdad detrás de la ficción (de capas y capas). Ver la mentira detrás de la "verdad".
Llevarnos en el corazón.
Ayudarnos siempre que pudiéramos.
Ser amables.
Estar de acuerdo en discrepar.
Con sangre.
Con amor.

(Promesas. 
Y las cumples. 
Las seguirás cumpliendo siempre)
Es lo que haces cuando amas, proteges.
(¿Hasta cuándo y dónde y cómo proteges a quien amas? Siempre. Lo harás siempre. Porque los términos absolutos existen cuando amas. Aunque reinventes las formas de amar. Aunque te duela hasta lo innombrable. Aunque te angusties hasta el grito. Aunque no le importe ni le importes. O aunque sí. Aunque tengas que irte. Aunque tengas que quedarte. Aunque te quedes sola)
Tengo que irme, tío.
La vida no espera.
(Me dejaste sola)
Cuando te despides de un ser querido, quizá si dices una tontería, alguna verdad, quizá no deje de quererte.
“.- Quédate.
.- No basta”

(Formas de decir adiós. Y no ser tú quien se despide ni quien se va. No)

Big Ana.
Little Ana.
La Corredora.
Yo
Te
Quise
Más
(Yo
Te
Quise
-Siempre-)

Gracias, Tom Spanbauer. Por la voz. Poderosa y brutal.
(Gracias. 
A ti. 
Sí, a ti.
Por si un día me vuelves a leer. Vuelves. Tú. Sin capas)