martes, 17 de noviembre de 2015

Pentimento

(Imagen: Sleep I - Annie Veitch)

-Pentimento-

Camino por la calle,
miro mis pies
y pienso en ti.

Me escanean el cerebro y te pienso.
Un pensamiento monitorizado
queda registrado en el hospital.
¿Qué se ve en mi cerebro cuando pienso en ti?

Bajo a un río helado que ya no lo está
(y maldigo el feroz cambio climático
mientras te bendigo a ti),
busco la huella imborrable que allí creé
pensando en ti.
Ella sí está. Es.

Fumo y el humo se hace amasijo con alguna canción,
la banda sonora que guardé.
Y mis ojos curiosean esa danza improvisada
sin dejar de pensar en ti.

Cuando no, cuando sí,
cuando quiero, cuando no quiero…
pienso en ti.

Se puede decir que pienso en ti más bien mucho.
Pienso tanto en ti
que dejé de hacerlo
mientras pensaba en ti.
Dejaste de ser tú
y pensé en mí pensando en ti.

Me tomo un té y pienso en ti,
que ya no eres tú,
que soy yo pensando en ti
y pensando que ya no te pienso.

Pienso en ti sin arrepentimiento,
desde algún lugar en el que dejé de pensar,
de pensar en ti.
Es una modificación leve pero irreparable,
como esa cicatriz en el ojo
o aquella en el hombro,
o esta en las tripas
que alguna vez reseguí pensando en ti.

Pienso en ti sin pensar en ti.
Lo que es más grave:
pienso en ti sin pensar en mí.

Ya no pienso en ti.

viernes, 13 de noviembre de 2015

En el lago de los Bosques (Tim O'Brien)

Título original: In the Lake of the Woods
Traductora: María Sonia Cristoff
Páginas: 296
Publicación: 1994 (1999)
Editorial: Anagrama
ISBN: 9788433908940
Sinopsis: John Wade, un prometedor político que acaba de sufrir una contundente derrota electoral, pasa unos días de descanso en una cabaña aislada en los bosques de Minnesota, con su esposa Kathy. Una noche ella desaparece. Y se plantean todas las hipótesis: ¿Se ha marchado voluntariamente? ¿Se ha perdido en el laberinto natural de los alrededores del lago? ¿Se ha ahogado? ¿Huía de su marido? ¿La ha asesinado él? Cuando el sheriff pone en marcha la investigación, afloran todos los demonios del pasado: la infelicidad conyugal, las infidelidades y sobre todo la atroz experiencia en Vietnam del marido, un hombre que de niño soñaba con ser mago y acabó participando en la tristemente célebre matanza de civiles de My Lai.

Lo que me impulsa a seguir, soy consciente de ello, es un enorme deseo de forzar la entrada a otro corazón, de superar los obstáculos de las leyes naturales, de realizar milagros de conocimiento. Así es la naturaleza humana. Estamos fascinados, todos nosotros, por la implacable alteridad de los otros.
Aunque no suelo frecuentar la novela bélica hace tiempo leí (y conté) Las cosas que llevaban los hombres que lucharon, de Tim O’Brien, un libro que me sorprendió mucho y bien. Y quise repetir con el autor, así que me fui a un lago en los bosques, en parte porque es también un lugar en el que ahora quisiera estar (o, más bien, perderme). Y el planteamiento del autor me ha vuelto a sorprender.

En principio parece que estamos ante un thriller. Pero en realidad ¿qué es un thriller? La RAE no nos aporta nada al respecto, pero posiblemente en la mente de todas y todos esté un género en el que hay intriga, suspense, un (presunto) crimen, una investigación policial… Y estos elementos están: hay una persona que desaparece, no sabemos si asesinada o no, un sheriff, una búsqueda…

Pero no todo es lo que parece. Como en la vida misma, que nada es lo que parece ser, tal vez estemos, o tal vez no, ante un libro que parece una cosa y resulta ser otra sin dejar de ser lo que dice ser.

Las guerras. Lobo no come lobo. Pero hombre si mata (y algunos hasta comen) hombre. Acabo de escribir esto y volver a leerlo y me he estremecido. Las guerras nos parecen tan lejanas… Y sin embargo siempre hay una guerra activa en el mundo. Pero nuestra zona de confort nos protege de ellas de la forma más fácil y cómoda: por la vía de la ignorancia. Lo que no nos afecta no existe. Lo que no miro, lo que no sé, tampoco. Un mecanismo, la indiferencia, que evita el daño individual pero hace un daño colectivo terrible. También individual en verdad, pero no quiero irme por los cerros de Úbeda. Y estoy muy cerca (de los cerros).

Las guerras dejan secuelas. Y las secuelas no miran bandos ni vencedores ni vencidos. Todos son perdedores. Las secuelas no eligen aquí o allá, este o aquel. Simplemente hacen lo suyo, emponzoñar el alma, instalarse en ella. Cómo gestiona cada cual las secuelas es un mundo, un laberinto emocional, normalmente impenetrable. No siempre se gestionan bien, no siempre se exteriorizan, no siempre se es consciente de ellas…

Sobre las secuelas que la guerra de Vietnam, y concretamente la matanza de My Lai, han prendido (con doble acepción: agarrar y encender) en John Wade es sobre lo que habla Tim O’Brien en El lago de los Bosques. Pero no sólo de eso. También habla de relaciones familiares, relaciones de pareja, el poder, el éxito y su alter ego (la derrota), la soledad, la (in)comunicación, los silencios… Para ello O’Brien tira de recursos literarios, de experimentación en cuanto a estructura narrativa, pero sobre todo tira de crear un protagonista, John Wade, tremendamente complejo y rico como personaje. John Wade, el mago que era el espejo de sí mismo.

Me ha gustado mucho cómo O’Brien aborda la magia, lo que suponen los trucos de magia para un niño y cómo ese niño se transforma en adulto sin dejar de ser un mago. Todos somos magos. Usamos trucos. También me ha agradado cómo aborda los silencios, lo que callamos, los secretos que circulan por nuestras venas y que no asoman a las palabras, a veces por no saber cómo y otras por no saber a quién volcarlas… Lo que callamos, aunque sea a gritos, termina por ser el traje que da cobijo a nuestra soledad. No sólo secretos, también los “y si…”, los “hubiera debido de…” La culpa, vaya. Algunos dirían autoflagelarse, otros dirían que es no renunciar a ser ellos mismos, o al menos no renunciar a conocerse y no esconderse de sí mismos. Simulamos, andamos por la superficie… Siempre le ponemos nombre a todo ¿no?

No busquéis respuestas. Os vais a encontrar muchas preguntas y eso convierte este libro (que bien podría haberse titulado Los hombres que fingieron no saber las cosas que sabían) en un buen libro.
¿Es que la verdad puede ser tan simple? ¿Y tan terrible?
Pues sí. Ya se sabe que la verdad, lo que no tiene, es remedio. Manque nos pese.
©AnaBlasfuemia

lunes, 9 de noviembre de 2015

Memoria por correspondencia (Emma Reyes)

Páginas: 240
Publicación: 2012 (2015)
ISBN: 9788416213221
Sinopsis: En 1969, Emma Reyes envió a un amigo historiador la primera de las 23 cartas en las que le revelaba cómo había transcurrido su infancia. Durante más de tres años su amigo recibió la correspondencia, leyó los dolorosos recuerdos de la artista y llegó a un acuerdo tácito de confidencialidad que solo rompió cuando decidió mostrarle los textos a Gabriel García Márquez, quien animó a Reyes a seguir escribiendo. La correspondencia se mantendría hasta 1997 cuando se escribió la última carta del libro. Con una escritura que brilla por su honestidad y por su distanciamiento de lo pretencioso, Reyes describe las adversidades que vivió durante su infancia en Colombia a comienzos del siglo xx, la mayor parte de la cual transcurrió en un convento.

Podéis leer las primeras páginas (el prólogo y la primera carta) AQUÍ.

Empecé a leer este libro con la cautela propia de quien tiene muy buenas referencias de lo que tiene entre manos. Pronto mi cautela se quedó en agua de borrajas y me encontré entregada a la lectura. Los ojos bien abiertos y mi conciencia recordándome de forma persistente que estaba ante una autobiografía. Realidad, no ficción. Realidad superando cualquier ficción posible.

Mientras lo leía pensaba en cuántas personas rechazarán este libro por ser autobiográfico y por contar una realidad descarnada. Y me preguntaba si en el caso de que se presentara este libro como ficción esos lectores potenciales se acercarían entonces a él. No me he respondido a mis propias preguntas. Creo que preferí no hacerlo.

La realidad es muchas cosas, pero también es cruel, nos guste o no. La que le ha tocado vivir en su infancia (que es el período que abarca Memoria por correspondencia) a Emma Reyes es, sin duda, feroz y brutal. Y sin embargo, no hay ni la menor intención de que el lector sufra ni compadezca. Ni un ápice de aliño para provocar lágrimas. ¿Está contado con frialdad? En absoluto. Está contado sin alardes y, lo más admirable y conmovedor, sin rencor.

Las virtudes de Memoria por correspondencia son diversas. Está despojado de todo intento de hacer literatura, ni siquiera hay el propósito de estar bien escrito (recordemos que son cartas escritas a su amigo Germán Arciniegas) y curiosamente eso aproxima este libro a la buena literatura. Narra unos hechos, no hay añadidos literarios ni trampas emocionales, nada de edulcorantes para amortiguar la crueldad ni tampoco acidez para endurecerla. Y cuando no se requieren de artificios para que lo que estás leyendo te atraviese y te estalle por dentro es que estás comunicando, estás haciendo literatura. La literatura no tiene leyes, no las tiene para el lector, si un libro emociona, golpea, estremece, agita, conmueve, entretiene, arrastra, te hace ser más, te hace sonreír, llorar, crecer, vivir, soñar, desear, te zarandea… Si un libro te hace sentir viva, te muestra los vericuetos y la inmensidad de la humanidad… para mí, eso, ya es literatura.

Sí, es ella, la realidad. La brutal realidad vivida por Emma Reyes siendo una niña (los hechos contados abarcan desde los cuatro a los once años de edad). Y ahí está otra de las claves de esta lectura: Emma Reyes parece contarnos todo en tiempo real, como si hablara de su presente y no de su pasado, como si se tratara de un diario en lugar de una correspondencia. Es decir, vuelve a ser la niña que vivió primero con la señorita María (sobre la que su hermana y ella tardan más de 20 años en mencionar a alguien) y luego en un convento. Encerrada siempre, aislada del mundo. Es la niña Emma quien nos va contando sus vivencias, y esa mirada es esencial para entender porqué esta lectura se eleva por encima de muchas (muchísimas) otras. Porque hay brutalidad, indignidad, hambre, injusticia, barbarie, sinrazón… pero también hay ternura, humor, ingenuidad, inocencia, imaginación, coraje, fuerza, naturalidad, ingenio…

Aunque hablamos de principios del siglo XX historias como las que comparte Emma con nosotros están sucediendo ahora mismo, mientras yo escribo esto y vosotros lo leéis. Pobreza, injusticia, machismo, miseria… y ellas, las monjas. Y los curas. La iglesia. Estoy a punto, muy a punto, de soltar una diatriba sobre el daño atroz que ha hecho la iglesia católica, pero no lo voy a hacer porque me consta que dentro del catolicismo hay también buena gente que ha hecho y hace mucho bien, aunque tengan que curar las heridas y el menoscabo que sus congéneres provocan.

En este libro se destapan (por si alguien no lo había visto o no lo ha querido ver) muchas de esas heridas profundas que se han causado bajo la bandera del cristianismo, pero también provocadas por miras estrechas y miradas que no quieren ver. La pobreza e ignorancia como caldo de cultivo para el abuso y la esclavitud de niños. De niños. Pocas cosas hay más inhumanas que la crueldad con los niños.

El alma humana es, por naturaleza, indómita. Que parece que no, pero hay quien es fiel a esa faceta brava, libre y audaz de nuestra esencia. Emma Reyes fue analfabeta hasta los 18 años. Jamás pasó por colegio ni universidad. Pero de su encierro hizo virtud: su enloquecida y libre imaginación se convirtió en su mejor aliada. Salió (huyó) de su reclusión, caminó, no paró de andar, se asentó en París y se convirtió en una prestigiosa y reconocida pintora, desde donde acogió y ayudó a otros artistas colombianos.

Honesta, cándida, generosa… Emma Reyes supo vivir su día a día creciendo, llena de curiosidad y preguntas, pese al tormento que supuso para ella su infancia y el vivirla tantos y tantos años en silencio, un secreto bajo mil llaves. Y cuando abrió esa puerta, no quiso que se hiciera público hasta después de su muerte.

Habréis observado que no he puesto ninguna cita, y no es que no haya subrayado el libro, que va a ser que sí y mucho. Quien quiera entenderlo, tendrá que leer el libro.

Me quito el sombrero, agradecida y admirada.
Es verdad que mi pintura son gritos sin corriente de aire (Emma Reyes)
 

martes, 3 de noviembre de 2015

Julio Cortázar y Cris (Cristina Peri Rossi)


Páginas: 128
Publicación: 2014
Editorial: Cálamo
ISBN: 9788496932876
Sinopsis: A veces se produce el encuentro entre dos grandes escritores y de esa conmoción surgen risas, relatos, poemas, cartas, viajes, diálogos chispeantes y fascinación mutua. En la última década de su vida, Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi se encontraron y vivieron una relación intensa, llena de complicidades, de humor y de amor, de literatura y de seducción entre dos ciudades: París y Barcelona. Julio Cortázar le dedicó Quince poemas de amor a Cris y, muchos años después de su muerte, Cris escribe la crónica de esa amistad amorosa irrepetible.
Las historias tienen dueños, tienen destinatarios
Amo a Julio Cortázar. Amo a Cristina Peri Rossi. Amé este libro antes de que Peri Rossi lo escribiera. Una vez escrito, era un ineludible en mi biblioteca. Y en mi corazón. Esta historia tenía sus dueños, Julio y Cris, y tenían una destinataria: yo (la receptora de historias). Cuéntame una historia, Cris.

Cuando tardas mucho tiempo en terminar una lectura suele ser por dos razones: no hay conexión entre lector y libro. Algo no va bien y cada vez que lo dejas cuesta un mundo volver a él. La otra razón es justo lo contrario: no quieres salir del libro, no quieres que se termine, quieres permanecer en él, vivir en él. Incluso quieres SER el libro. Y es esta segunda razón la que ha hecho que leyera Julio Cortázar y Cris despacio, recreándome en cada página, volviéndolo a leer una vez terminado. Como si transitara por un paisaje lleno de belleza, que sientes en la piel, en la mirada, en las entrañas, en el alma. No quería irme. No quería volver (fuera del libro). Lo llené de subrayados, asteriscos, signos de admiración, notas al margen; anoté autores, libros, canciones, citas…

Amistad amorosa. No se me ocurre mejor definición para la relación entre Cortázar y Peri Rossi, aunque soy poco (nada) dada a encasillar en etiquetas los sentimientos. A ambos les gustaban las mujeres. La relación entre ellos, sin embargo, estaba plena del amor más profundo y eterno posible: el de (tal y como lo define la propia sinopsis) la amistad amorosa.
Morir es la forma más definitiva de estar
30 años (la misma diferencia de edad que había entre ambos) después de la muerte de Cortázar, Cristina Peri Rossi escribe sobre su relación, cómo se conocieron, su intercambio de correspondencia, sus encuentros, sus conversaciones… No es un libro triste ni mucho menos, está lleno de recuerdos compartidos, de complicidad, de sintonía, de humor, de reciprocidad, coincidencias, juego... Cristina no ha dejado que Cortázar se fuera, no ha dejado que la muerte le arrebatara a Julio. Porque cuando se quiere de veras ni la muerte consigue desbaratar esa unión, el granítico vínculo de dos grandes cronopios. Julio es inmortal y, conocedora de la relatividad del tiempo (y del espacio), Cristina sabe que se volverán a encontrar y, mientras, mantiene un diálogo intimo e interno con Cortázar que lo mantiene vivo en ella, haciendo de la relación entre ambos una relación tan inmortal como indestructible.
En cambio, lo que tengo ahora quizás es un terror antiguo que antes oculté entre algodones. Nadie con quien identificarme, he ahí la clave.
Dos escritores enormes, Julio Cortázar y Cristina Peri Rossi, y más allá del perfil como escritor de Cortázar, Cristina nos presenta el perfil más (taaaan) humano de Cortázar. E inevitablemente, el suyo propio, el de Cristina Peri Rossi. Contradictoria, sensible, cronopia, tierna, temerosa, honesta, sin poder identificarse (Vaya por Dios, nadie con quien identificarse… El médico le decía a mi abuela “Carece de capacidad de identificarse”… Y yo no me podía identificar… Y yo, sin tener con quien identificarme). ¿Por qué será que me identifico con esto?

No hay página ni párrafo en el que no te llegue el cariño entre ambos. El amor. La magia cronópica de encontrarse. Y aunque el amor más convencional entre ambos era un imposible, Cortázar dedicó a Cris Quince poemas de amor. Cortázar en su vertiente menos conocida como escritor (la de poeta) y, sin embargo, tantas veces citado (incluso por quienes nunca han leído su obra):
Creo que no te quiero,
que solamente quiero la imposibilidad
tan obvia de quererte
como la mano izquierda
enamorada de ese guante
que vive en la derecha. (Julio Cortazar)
Porque el amor es un poliedro infinito y hay muchas formas de amar, y Julio y Cris encontraron la suya propia. En el amor también se puede crear (y no sólo creer).
El azar no existe, es una de las formas que tenemos de encontrarnos o separarnos, yo tenía que encontrarte como fuera, la carta era el vehículo de un deseo muy fuerte, una conjunción, de modo que hizo lo que tenía que hacer: buscarte donde ella sabía que vos estabas (Fragmento de una carta de Julio Cortazar a Cristina Peri Rossi)
Una carta, un correo, les unió para siempre. A veces lo que tiene que suceder, inevitablemente sucede. Estaban destinados a encontrarse, y tuvieron la fortuna de hacerlo: encontrarse y vivirse, fascinarse, existirse, amarse, ser (ambos) y fluir. Que Cristina Peri Rossi lo comparta con los lectores es de una generosidad enorme, porque el pudor y la honradez le impedían (hasta ahora) que escribiera y compartiera esta relación tan especial. Por eso, no es sólo un libro, es un regalo desprendido y honesto para cualquier lector. Para cualquier persona. 

Estamos llovizna

Delicioso, tierno, entrañable, mágico. Los ojos se me llenaban (se me llenan) de emoción. Cristina Peri Rossi recorre como agua cristalina el torrente que va del libro al corazón del lector. Una lectura con la que vibré (me alivió, me impactó, me conmovió, me agitó, me reavivó, me acogió...me dio vida). Joya. Gracias, Cristina. Gracias, Julio. Las casualidades existen por algo y yo tengo un Seat León.
Hay transiciones muy lentas. Hay cambios muy largos, como caminos.
Bellos cronopios