miércoles, 19 de julio de 2017

Piel de lobo (Lara Moreno)




Páginas: 272
Publicación: 2016
Editorial: Lumen
Sinopsis: Un viejo caballito de plástico blanco y azul espera a las dos hermanas cuando entran en casa del padre, un hombre solo que murió hace un año, dejando tras de sí pocos recuerdos y algunas manchas de café en el mantel. Sofía y Rita han venido al pueblo para recoger lo poco que queda de aquellos años en que eran niñas y pasaban los veranos allí, en el sur, cerca de la playa.
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No se te ocurra intentar convencerme de que no te quiero.

Quiero detenerme en la imagen de la portada, de la fotógrafa Bia Ferrer, porque me parece un gran acierto, especialmente después de terminar la lectura. De entrada es una imagen inquietante, muy turbadora. Todo en ella sugiere apnea, tensión, la imposibilidad de moverse para no dar un paso en falso. Parálisis del cuerpo y del espíritu. Cualquier gesto será una cisura. 

Cegada la mirada, autocegada, lo que no se ve no existe, si no ves te escondes mejor, si no ves no te ven… Pero ligeramente relajados los dedos, dejando un resquicio, tal vez una grieta, una mirada que atisba para ver el peligro, para prevenir, para protegerse, para saber el movimiento que sucede fuera. Ahí fuera. No se miran. Las mentiras se camuflan mal en la lona de la confrontación de miradas (mirada con mirada).

En silencio. Están alertas. Tensas como el león antes de saltar, poderoso, formidable, vertiginoso, al cuello de su víctima. Tensas como la gacela un segundo antes de sentir que las zarpas le desgarran el cuello, lejos ya el instante anterior, apenas un segundo, en el que pastaba con la placidez de la inocencia. Tensión. Distensión. Un segundo, la vida deja de ser lo que era. Esa tensión previa. 

Unidas, no pueden estar de otra forma. Como las relaciones fraternales, unidas por la sangre, sangre compartida, no hay divorcio posible, podemos dejar de ser amiga de, compañera de, pareja de, pero nunca podemos renunciar a los lazos familiares, a ser hija de, hermana de, madre de. 

Las manos juntas, la tirantez, la resistencia, el pulso sostenido, manteniendo un único eslabón, la trenza fraterna, hecha con los mimbres de la convivencia, los recuerdos, la infancia, las huidas, los encuentros, reencuentros y desencuentros, la familia, los silencios, las entrañas…

Bien podría Lara Moreno haber escrito la historia de Sofía y Rita a partir de esa imagen. En cualquier caso, mi enhorabuena a quien la seleccionó. Esa imagen refleja todo lo que contiene el libro de una forma espléndida; todos los detalles, todo, está ahí, en la portada.
Tenía miedo del espíritu santo, por ejemplo, una paloma tétrica de pico sucio y garras afiladas que entraba volando en un oscuro pajar, aleteando a traición, robándote algo muy valioso que había dentro de ti, algo irrecuperable. Era más que un misterio, era una amenaza. También sentía un vértigo que me revolvía las tripas cuando pensaba en el infinito […] porque detrás de todo eso inabarcable estaba dios, la única teoría, la única incógnita, una razón que me apretaba hasta el insomnio.
No solo estamos hechos de historias. También de miedos. La cita anterior describe a la perfección algunos de mis (muchos) miedos infantiles: el miedo al espíritu santo, a dios, al infinito. Curioso cómo la educación católica en vez de aportarme sosiego me generó temor casi desde que tengo uso de razón. Encontrar esos miedos definidos tan certeramente en la primera página me ganó para la causa de Lara Moreno desde el minuto cero.
La casa del amor y del veneno. La casa donde fuimos infancia y donde siempre lo seremos, a pesar de todo. En el fondo la casa eran los adultos, esos ojos cargados que eran nuestros ojos, que velaban por nosotros, casi siempre sin vernos.
Sofía vuelve. Vuelve a la casa donde transcurrió su infancia y sus veranos. La casa que pretende ser despedida y se convierte en refugio, la meta de su huida, el vientre en el que renacer y donde deshacer los abandonos. La abandona su marido, su madre, su hermana. Hay tantas fórmulas para el abandono, tantas formas de abandonar, de abandonarse, de que nos abandonen. La alquimia del abandono. Pero su hermana, Rita, también retorna a la casa. Y ambas se agarran fieramente a esa trenza, hecha de ambas, que las mantiene (des)unidas. 

Pero Sofía no solo es abandonada, también abandona. A su hijo, madre desnaturalizada, quién sabe. La maternidad puede ser un lugar inseguro, borroso, un territorio en el que todo encaja y a la vez todo se desmorona. Sofía también renuncia a sí misma, sobre todo a sí misma. El dolor es egoísta. ¿Por qué se duele Sofía? Quizás porque de repente se ha detenido, algo vibra dentro, y las huidas y los silencios buscan su lugar, son piezas que hay que encajar, necesitan salir a la luz, brillar, gritar su mensaje. Tienen un recado para Sofía.
Porque no importa al final quien clavó la bandera en qué levantamiento del terreno, quién apretó el cuchillo en la carne con ese movimiento final de valentía, quién dio la vuelta a la carta que llevaba posada media vida sobre la mesa, oscura como una promesa, un tesoro vacío: la verdad. Eso qué importa cuando durante años has arrastrado tu vida con suspicacia, sin él suficiente empeño, no basta con abrir las ventanas y ventilar cada mañana la casa donde te asfixias.
Sofía, que sentía que algo la separaba del mundo, y señala a todo el mundo, se señala a sí misma. Siente que los demás no la han dejado ser ni sufrir, que ahora es su momento, el momento de sentir, de ser, de sufrir. ¿Pero cómo hacerlo si aún sin moverse sigue huyendo?
Nada interrumpe la colisión entre dos personas cuando sucede.
Las colisiones son ineludibles, el impacto visible, el instante previo inadvertible. Sofía y Rita tienen que chocar, que chocarse. Es inevitable y lo sabemos desde el principio. Que ahí está el núcleo. La portada me lo dice, cada línea me lo indica.

Por las venas de este libro corren los silencios. Los silencios en las relaciones familiares, en todas las relaciones. Tanto silencio, tantas conversaciones que nunca se producen terminan por ser cuchillas voladoras a las que más tarde o temprano tienes que domesticar. Ordenar el caos. Coger las piezas del puzle, encajarlas.
Con qué lisura convierte el verdugo a la víctima en cómplice.
Me ha gustado mucho la voz de Lara Moreno, su lenguaje descriptivo de lo invisible, lo íntimo, su musicalidad introspectiva, su cadencia en el lenguaje. Sin excesos pero plagado de matices, que a su vez se pliegan y superponen. 

Es una voz joven todavía, se está haciendo, afinando como si fuera la cuerda de un violín. No cuenta ninguna historia que no esté ya contada (¿hay algo nuevo que contar?), pero ha encontrado el tono, su tono. A veces sentí que estaba leyendo un libro de relatos con los mismos personajes como protagonistas. Le faltó quizás esa cohesión a la historia, a la trama, aunque no fue obstáculo porque estaba fascinada por la voz de Lara, a la que sin duda no pienso perder de vista.
… qué tonta eres, me dice, eres muy tonta, y yo le digo por qué no me has llamado, y ella me responde, dejé la puerta abierta, solo tenías que entrar.
(Qué tonta eres, qué tonta fuiste… 
qué tonta soy, qué tonta fui…
dejé la puerta abierta...)


jueves, 13 de julio de 2017

Las defensas (Gabi Martínez)

Páginas: 496
Publicación: 2017
Editorial: Seix Barral
ISBN: 9788432229916
Sinopsis: Gabi Martínez reconstruye la historia real del doctor Escudero, un neurólogo que sufrió un brote de locura durante el cual trató de hacer daño a sus seres queridos. Sólo él cree que su diagnóstico es erróneo. La historia del doctor Escudero es la historia de este país desde la Transición hasta hoy; es la visión del sistema de salud, un sistema completamente corporativo y centrado en intereses económicos; es la historia de gente que lucha por conseguir fondos para la investigación médica y también la historia de un hombre corriente, de un luchador que se llevó por delante a su familia en su obsesión por la medicina, y que tuvo que abrirse camino en el sistema médico español contra el bullying, la burocracia y el estrés, para pasar de ser considerado un loco a convertirse finalmente en uno de los médicos más eminentes en su especialidad.

Las etiquetas suelen estar mal colgadas, el drama aparece cuando alguna de ellas te condena más de lo esperado.
La portada: Así, de entrada, no llama mi atención. ¿Un libro sobre boxeo? No, no es para mí. 
De mis dos primos presuntamente bipolares, uno resultó ser poeta.
La contraportada: ¡Ahá! No era lo que parecía. Me interesa la neurología, me interesa la enfermedad mental. Empiezo a ver por las redes sociales muchos elogios sobre el libro y me animo a leerlo. 

Debo de decir que la sinopsis la he tenido que recortar porque la facilitada por la editorial dice más de lo que debe.
La realidad es tan viscosa que no puedo articularla. Hacia afuera, no. Vivo adentro de un modo más extenso que  nunca, porque no aspiro a comunicar. Soy un espectador de mí. Un espectador convencido, sin necesidad de compartir, con el único objetivo de recuperarme. Aunque algunos opinen lo contrario, la recuperación no pasa por hablar demasiado con nadie.
La intrahistoria: He dicho más de una vez que estamos hechos de historias. De muchas historias. Yo no sabría contarme en una sola, tendría que remitirme continuamente a las historias previas, porque todas están concatenadas de una forma u otra. Todas me hacen. Todas ellas soy yo (Las historias son mapas…) Un día alguien me dijo en este blog: “Escribe tu historia, Ana” (Cuéntame una historia…) En verdad muchas veces he pensado, no en escribirla yo, sino en contársela a alguien que la escribiera por mí. Todas las historias que soy. Lo que viene siendo una historia en busca de una autora.

Hace unos años, día de Sant Jordi, Domingo Escudero se acerca a Gabi Martínez y le dice “Tengo una historia que podría interesarte”. Y se la contó. Y Gabi Martínez la escribió. Eso es este libro: la historia ficcionada de Domingo Escudero. 
Quería pensar mi vida sin otras voces. Comprender un poco mejor dónde estaba. Lo entendí al final aunque lo quise desde el principio.
El título: Una vez leído el libro, el título tiene todo su sentido en una doble vertiente: las defensas que nuestro organismo pone en marcha ante una enfermedad autoinmune, y las defensas que nuestra mente pone en marcha ante los sucesos que nos acontecen.

Lo que no me gustó: Demasiadas páginas. No es que no me guste que tenga casi 500 páginas. Es que le sobran unas cuantas en las que repite conceptos y reflexiones o el relato no aporta ni añade ni suma.

Durante casi 180 páginas sentía que no llegaba a ningún sitio, que la historia no avanzaba aunque aparentemente lo hacía. A partir de ahí, también tengo que decirlo, empecé a devorar el libro a un muy buen ritmo, que volvió a declinar en las últimas páginas.
Tu problema es que destacas. La mejor forma de crearse enemigos.
¿Cuál es el problema? A mi modo de ver, Gabi Martínez nos lo quiere dar tan masticado que muchas páginas se van en detalles que terminan por ser repetitivos o innecesarios. No concede nada al lector, esa aportación de quien lee, al que le basta aceptar la sugerencia para dar cuerpo, peso y contexto a lo sutil. No, en este caso no es necesario: todo está explicitado, detallado, digerido y masticado. Quizás, en mi opinión, demasiado.
Hay cinco emociones universales. Felicidad. Tristeza. Miedo. Ira. Asco. Cuatro invocan a lo oscuro. Y sólo una se podría considerar netamente positiva.
Lo que sí me gustó: Sin duda alguna, la visión que aporta de la enfermedad mental. La amplía, nos recuerda que somos algo más que conciencia, alma, esencia, que también está ahí nuestro sistema inmune, nuestro tejido nervioso, nuestra biología, neurología, química… Y nuestra vida.

El enfrentamiento entre neurología/psiquiatría/psicología, sin duda, también me ha resultado muy atractivo y en muchos puntos no he podido menos que asentir.
Hay que preservar la pureza. Es una lección de la poesía.
Hay que preservar la cordura. Es una lección de la vida. Y no es una tarea fácil, no. Obstáculos, todos. Zancadillas, demasiadas. Presiones, infinitas. Demasiado finos los contornos que separan a la cordura de la locura. Demasiado endeble la distancia entre ambas.

Pero más allá de todo esto, también estamos las personas, lo que hacemos con nuestro cuerpo, con nuestros trastornos, rendirnos o luchar, encauzar o descarrilar. Tenemos opciones. ¿Las tenemos? Interesantes reflexiones las que se hace en ocasiones el protagonista, analizándose a sí mismo, lo que le sucede, cómo lo vive, se justifica, cómo intenta explicarlo, normalizarlo, saber cómo lo viven los demás, cómo le ven desde fuera…

Llamativo también el papel de las mujeres en torno al protagonista, Camilo. En verdad, aunque el peso de la lucha contra su enfermedad y los acontecimientos se pone en él, no tengo ninguna duda sobre el papel que las mujeres (parejas, hijas, hermanas, amigas) juegan en el hecho de que Camilo salga vencedor en su lucha contra la enfermedad y el sistema sanitario. 
Hipervida. Yo estaba experimentando algo así. Los arrebatos de júbilo e indignación se encadenaban sin prácticamente intermedios, disparándome hacia estados pasionales tan profundos que me estaban desgastando. Mi ánimo se encontraba demasiado bien o demasiado mal, y anhelaba cualquiera de los extremos como una auténtica droga que e conectaba al mundo intenso. Vivía, y no quería dejar de hacerlo. Por suerte, lo mío nos e trataba de ninguna enfermedad.
No sólo de enfermedad mental habla este libro, también sobre el férreo e inhumano sistema sanitario, aunque yo lo ampliaría al mundo laboral en general, caldo de cultivo para luchas intestinas, guerras internas en las que las zancadillas son el arma más blanda y menos agresiva, un mal menor en comparación con otras puñaladas traperas que se dan con tremenda facilidad en el mundo laboral (y el personal). De ahí al mobbing, un paso. La violenta y silenciosa presión del mundo laboral y social es el detonante de muchos trastornos mentales o, como poco, de amargarnos la vida. En Las defensas, se detalla con acierto (incluso a veces de una forma exacerbada, intimidante e increíblemente brutal) cómo comportamientos de acoso laboral son consentidos por distintos motivos, desde un egoísmo innato, a salvaguardar intereses particulares, pasando por la cobarde comodidad de no meterse en problemas (ajenos, pero no tan ajenos) mirando hacia otro lado.

En definitiva, no fue una lectura fluida debido al exceso de detalles, datos, información, vueltas y revueltas. Pero la calidad narrativa de Gabi Martínez está ahí, en muchísimos fragmentos, manteniendo el pulso hasta llegar a la última página, jugando entre la ficción y la realidad en una combinación en la que no se atisba dónde está una y dónde está otra porque, al fin y al cabo, a todos nos resulta familiar mucho (si no todo) de lo que cuenta, especialmente el entorno laboral, pero también la presión social, invisible pero porculera como nadie…
Observar me salva por ahora.
Y leer me sigue salvando.

(©AnaBlasfuemia

viernes, 7 de julio de 2017

Ocho centímetros (Nuria Barrios)


Páginas: 184
Publicación: 2015
Editorial: Páginas de Espuma
Sinopsis: ¿Qué distancia separa el dolor de la felicidad? En ese intervalo mínimo se sitúan las historias de Nuria Barrios, intensas y vibrantes: allí donde no todo está perdido, donde la escritura hace reconocibles umbrales que raramente se nos muestran. Estos once relatos tienen aristas y brillan con dureza. Son once diamantes. Cortan. ¿No es acaso lo que esperamos de la literatura? Que indague, que nos ilumine, que nos duela.
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¿Qué eran ocho centímetros? Apenas nada. La longitud de un cigarrillo, de una barra de labios, del dedo corazón...
Ocho centímetros no parece un título de esos que atraigan por sí mismo, pero cobra todo su sentido una vez que cierras el libro con el estómago encogido. Curiosamente, el estómago mide unos 20-25 centímetros de largo… y ocho centímetros en sentido anteroposterior…

Dolor. Está el dolor físico, palpable, reconocido, localizable. Me duele aquí. O aquí. Lo nombras, lo señalas. Hay toda una industria en torno a ese dolor. Pero está también el otro, el cotidiano, el invisible, ese que te arruga las tripas y te deja sin respiración. Ese que no sabes nombrar ni localizar en ninguna zona de tu cuerpo, ni siquiera de tu alma, porque ¿quién sabe dónde está el alma? (también hay toda una industria en torno a este dolor). De ambos, pero especialmente del segundo, habla Nuria Barrios en Ocho centímetros.

Ocho centímetros puede ser esa distancia que hay entre el dolor y la felicidad. Apenas nada. Una distancia corta, un dolor largo. Droga, cáncer, abandono, crueldad, vacío, miedo, desesperación, la lucha por la vida… son tantas las causas que pueden hacernos atravesar esa distancia. Nuria Barrios, en los 11 relatos que componen el libro, recorre continuamente esos 8 centímetros. De la alegría al dolor. Del dolor a la alegría. ¿Por qué la alegría me parece falsa, impostada, y el dolor tan verdadero y real? Quizás precisamente por esa alegría simulada que exhibimos como un trofeo es por lo que la distancia que la separa del dolor sea tan corta.

Transitamos de la una (felicidad) al otro (dolor) con sorprendente desenvoltura. El dolor acude sin avisar ni buscarlo. La felicidad hay que trabajarla, inventarla, simularla. Pareciera agotador tanto esfuerzo, sin embargo es el dolor el que nos deja derrotados, fatigados. Por eso huimos de él.

Los ocho centímetros que van de la felicidad al dolor se recorren en una milésima de segundo. Sin buscarlo, insisto. Pero los ocho centímetros que van del dolor a la felicidad puede ser un recorrido muy largo.
Porque lo que buscábamos no estaba hecho de palabras, sino de temblores.
Yo era un Bulldozer es el relato al partir del cual sentí que Nuria Barrios marcaba una especie de frontera. Hasta ahí los relatos eran de un dolor violento, como bofetadas: cáncer, droga, marginalidad… A partir de este relato el dolor no parece tan provocador, pero sin embargo no por más sutil es menos tortuoso.

¿Cómo se cuenta el dolor? Por ejemplo como lo hace Nuria Barrios: enseñándolo, provocando que miremos escenas que ahora mismo, seguramente, se están produciendo. Quita el telón detrás del que escondemos todo aquello que no queremos ver y que está ahí, asomándose a las ventanas, saliendo por la puerta, paseando por las calles. Está ahí. Puede que incluso esté dentro de tu propia casa. Debajo de alguna alfombra donde lo hemos escondido para no verlo.
La hermosa herida de lo imposible.
Sangra.
No importa lo que corramos, el dolor siempre nos alcanzará algún día. Al fin y al cabo, nos separan ocho centímetros de él. Pero también son ocho centímetros los que nos separan de la felicidad. Incluso me parecen muchos ocho centímetros, ocho segundos. Basta una milésima de segundo, un espacio microscópico, para que tu vida cambie. Sin haberlo buscado.

Vale, sí, es un libro que duele. Pero solo un poquito, palabra de Ana Blasfuemia. Y no es que yo me traslade de un lado a otro de esos ocho centímetros con facilidad y superficialidad. No. Es que le ha faltado… algo… a estos relatos para que el dolor te pellizque las entrañas. Ya sé que no definir ese “algo” es poco formal. Pero es que hay razones personales detrás. He vivido el amor tóxico, el mundo de la droga y del cáncer, tan de cerca y tan en primera persona, que me hizo recordar demasiadas cosas. Y lo que recordaba me dolía más, infinitamente más, que lo que leía. 


viernes, 30 de junio de 2017

Brooklyn Follies (Paul Auster)

Título original: The Brooklyn Follies
Traductor: Benito Gómez Ibáñez
Páginas: 320
Publicación: 2005 (2006)
Editorial: Anagrama
Sinopsis: Nathan Glass ha sobrevivido a un cáncer de pulmón y a un divorcio después de tres décadas de matrimonio, y ha vuelto a Brooklyn, el lugar donde pasó su infancia. Comienza a frecuentar el bar del barrio y está casi enamorado de la camarera. Y va también a la librería de segunda mano de Harry Brightman, un homosexual culto que no es quien dice ser. Y allí se encuentra con Tom, su sobrino, el hijo de su amada hermana muerta. El joven había sido un universitario brillante. Y ahora, solitario, conduce un taxi y ayuda a Brightman a clasificar sus libros... Poco a poco, Nathan irá descubriendo que no ha venido a Brooklyn a morir, sino a vivir.
Estaba buscando un sitio tranquilo para morir.
Si un libro comienza así coges oxígeno pensando que lo vas a necesitar para seguir avanzando por un mar de melancolía. Pero no, en esa frase empieza y termina toda la tristeza que crees vas a encontrar. Vale, hay algún momento de desconsuelo, pero a esas alturas ya estoy tan en la superficie de la lectura que no me atañe. 
Quiero hablar de la felicidad y bienestar, de esos raros e inesperados momentos en que enmudece la voz interior y uno se siente en paz con el mundo.
Pues la cita anterior parece ser la razón de este extraño libro de Auster. Quiso escribir algo amable, supongo. Y le puso toneladas de amabilidad, vaya que sí. Tanta como he tenido que poner yo para llegar a la última página de este libro. Pero creo que ahora voy a tener tenebrosas pesadillas en las que Paul Auster es poseído por el endemoniado espíritu de Paulo Coelho. 

Porque a ver ¿qué le ha pasado a Auster? No creo que el hecho de que me haya enamorado de su mujer, Siri Husdvedt, me ciegue hasta la ofuscación o hasta el punto de olvidar que a mí, Paul Auster, era un autor que me interesaba, me atraía esa fascinación suya por el azar, el destino, las encrucijadas, las historias anecdóticas...
Ya sabes cómo son estas aventuras clandestinas. Tantas mentiras que decir, tantos apaños que hacer.
Y este libro que tanto gusta, que tanto quiere la gente, porque es agradable, optimista, da tan buen rollo… Pues a mí me ha dejado fría. Con la ola de calor que está cayendo y yo gélida de página en página. Debería de agradecérselo, supongo. Quería acercar distancias con los personajes y la historia y no fue hasta casi la mitad del libro, cuando aparece la pequeña Lucy, que salgo ligeramente de mi adormecimiento. Fue un espejismo. Seguí sesteando durante el resto de la lectura.

Que sí, que están esos temas tan austerianos, el azar, las casualidades y demás, pero imbuido por el espíritu de Mrs. Wonderful, que ya a estas alturas todo el mundo sabe que me produce una urticaria galopante. Y así no consigo creerme la historia, los personajes me parecen demasiado al servicio de esa amabilidad, bondad y destino feliz que quiere transmitir Paul Auster, y hasta las conversaciones me suenan sentenciosas y teledirigidas. Y, coño, Auster, que eres un buen escritor, pero no malgastes ese arte… así.
¿De qué vale el conocimiento si no se utiliza para impedir que los amigos se precipiten a la destrucción?
Y no voy a ser yo quien diga que este libro está sobrevalorado, porque yo también sobrevaloro algunos libros: muchos de los que me pellizcan la piel, la córnea y las entrañas, los sobrevaloro. By the face. Me dejo llevar por la convulsión del impacto, pongo la lectura a la altura de la estratosfera y lo grito a los cuatro costados, porque a mí también me apetece contagiar esas alegrías que nos dan los libros. Pero, con las mismas, si un libro me deja en el epicentro del estoicismo y la apatía, me dan ganas de ponerme a refunfuñar cual gruñona con máster en quejas y descontentos varios.

Refunfuñado queda.
Nunca debe subestimarse el poder de los libros.
Pues mire, señor de Siri, en eso estamos de acuerdo. Por lo demás ¿me presta una temporada a su mujer?

miércoles, 21 de junio de 2017

Oscuridad total (Renata Adler)

Título original: Pitch dark
Traductor: Javier Guerrero
Páginas: 184
Publicación: 1983 (2016)
Editorial: Sexto Piso
Sinopsis: Oscuridad total es una historia de amor, o, lo que es lo mismo, de desamor y ruptura, sobre la desorientación y el vacío que siguen a todo final, pero alejada de todos los clichés al uso, y con una concepción y una escritura que siguen sorprendiendo por su absoluta modernidad. ¿Cómo enfrentarse a un mundo caótico, a un presente mutable y voraz cuando se tiene el corazón roto? Aunque la protagonista, Kate Ennis, posee las nada desdeñables armas de su afilada inteligencia, de su sensibilidad, de su humor y de su innegociable autonomía, todo son pecios en un vastísimo mar nocturno. No se explicitan demasiado los porqués, sólo se insinúan los efectos, que asoman y reverberan aquí y allá, en las experiencias del día a día, en excursiones de pesadilla o vivencias surrealistas, para añadir un matiz de desasosiego e incertidumbre. 
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Mira, sí, te amaba.
Resoplo. Qué libro más difícil. ¿Cómo comentarlo? Hasta la propia definición de “escritura fragmentada” es confusa para mí, entendiendo que hace referencia a un tipo de estructura literaria en la que los fragmentos constituyen una totalidad. Soy simple, así que entiendo que este tipo de escritura es la que me fragmenta a mí, como lectora. No necesariamente me despedaza, pero cada pedazo es como una galletita china con su mensaje incluido, que me puede resultar más ajeno o más cercano. Y que te da un mordisco a ti en lugar de tú a ella.
¿Sabes? Eres, fuiste lo más parecido que tuve en mi vida a una historia real.
Resulta inevitable hablar de desamor, parece la consecuencia lógica e inevitable del amor. Solo quien ha amado con vehemencia vive el desamor así: devastador, arrasador. Parece no haber nada más. No se progresa. Se muere en vida. A veces el desamor hasta puede ser más penetrante que el propio amor porque nos confina en un cuarto oscuro en el que nos enfrentamos con nosotros mismos. Un combate duro, sin duda. Un aprendizaje necesario.
Él supo que ella lo había dejado cuando vio que empezaba a fumar otra vez.
¿Es aquí donde empieza?
No lo sé. No sé dónde empieza. Aquí es donde estoy.
[…]
¿Entonces él supo que ella lo había dejado?
No lo supo, no lo había dejado. No enseguida o solo al principio.
Renata Adler es como una trituradora. No lo pone fácil. Porque el interior de las personas no lo es, es confuso, caótico, fragmentado, discontinuo, desorganizado. Así que no queda otra que enfrentarse a esta lectura desde el interior de una misma, leer entre líneas, hacia delante, hacia atrás, buscar el armazón, el hilo conductor que al final es la propia Adler, la oscuridad, el desasosiego. No es la protagonista, Kate, quien es abandonada. Es quien abandona. Entonces ¿por qué esa zozobra, por qué el corazón roto? Precisamente por eso. Precisamente por eso… ¿Qué abandonas cuando eres tú quien rompe una relación? La realidad es cruel. Es lo que hay.
Pero también podría confesar de una vez que, aunque te amo y verte me cambia el humor y el día, en ocasiones temo, no sé de qué otra manera decirlo, en ocasiones temo esa especie de visita que me haces.
En la página 56 Renata, a través de Kate, nos pide confianza, que nos quedemos con ella. Está sola. Tiene mi confianza, así que avanzo por la lectura intentando desbrozar cada párrafo, cada fragmento. Porque ya tengo mi clave, no la que sirva a todos los lectores, pero sí la que me sirve a mí: las razones por las que Kate se va, se ha ido hace tiempo. Porque estaba sola en la relación. Sí, a veces dos no es compañía. A veces dos es una soledad y una renuncia demasiado grande. Y optas por amar la belleza y la calma. En soledad.

Renata Adler escribe para ella misma. Se encripta deliberadamente porque así es el alma humana: necesitamos claves para descifrarnos. Y para que nos descifren. Así ofrecen algunas personas su verdad, enmarañada en jeroglíficos, engaños, laberintos, contraseñas, huidas, revestimientos, adornos...

No siendo fácil transitar por este libro, sin embargo una vez concluida su lectura estoy más que satisfecha. Como si hubiera leído varios libros en uno, lleno de reflexiones inteligentes y sensibles, de verdades sinuosas y hondas, de una mirada muy lúcida sobre qué nos mueve, de qué huimos, lo que nos rodea, cómo nos comportamos… Es verdad, exige mucho del lector, como lo exige toda sinceridad que se muestra desnuda y sin ambages. De esa sinceridad se suele huir. Y yo aprecio esa sinceridad brutal, real, incluso descarnada, como si alguien me soplara en la nariz aliento de vida. 

Renata Adler es brillante. Deslumbra. Lucha con sus demonios y nos muestra esa lucha ¿cómo exigirle que nos lo dé masticado? Y si se te atraganta la lectura, Muriel Spark, en un inteligente posfacio, ya lo mastica por nosotros.
Recuerda todo, dijo, recuerda todo, fuera de contexto, y luego reflexiona.
No olvides. Recuerda todo. Reflexiona.


viernes, 16 de junio de 2017

La uruguaya (Pedro Mairal)


Páginas: 144
Publicación: 2017
ISBN: 9788416213993
Sinopsis: Lucas Pereyra, un escritor recién entrado en la cuarentena, viaja de Buenos Aires a Montevideo para recoger un dinero que le han mandado desde el extranjero y que no puede recibir en su país debido a las restricciones cambiarias. Casado y con un hijo, no atraviesa su mejor momento, pero la perspectiva de pasar un día en otro país en compañía de una joven amiga es suficiente para animarle un poco. Una vez en Uruguay, las cosas no terminan de salir tal como las había planeado, así que a Lucas no le quedará más remedio que afrontar la realidad.
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Estaba enamorado de una mujer y enamorado de la ciudad donde ella vivía. Y todo me lo inventé, o casi todo.
(No me inventé nada, 
sólo… confié y creí)

En un lateral del blog (versión web) hay un aviso a navegantes en el que explico que soy una lectora subjetiva. Mi opinión no convierte un libro en buen o mal libro, únicamente en un libro que me ha gustado o no. Sirva esto como declaración de intenciones respecto a mi comentario de esta lectura que, he de decir, y aunque no lo vaya a parecer, no ha sido mala lectura.

Cuando terminé de leer La vegetariana sabía que no iba a ser fácil elegir el siguiente libro. Cogía uno. Lo volvía a dejar en la estantería. Cogía otro, lo empezaba. Vuelta a la estantería. Así unas cinco o seis veces. Y en esas estaba cuando alguien me pregunta ¿siempre lees libros escritos por mujeres? Zasca. Es real, soy consciente, leo mayormente libros escritos por mujeres. Miro mis estanterías y ellas arrasan. Y mis ganas de leerlas son infinitas. Miro mis lecturas en los últimos años y percibo ese intento, forzado, de equilibrar. Ahora ellas. Ahora un poquito de ellos. Tengo una conciencia clara de que los libros que más me han marcado y revolucionado están escritos por… ellas. Con podio de honor también para Tom Spanbauer, hay que decirlo. Esas lecturas que me salvan la vida.
Me tranquilizaba sentir que había una parte de mi cerebro que no compartía con vos. Necesitaba mi cono de sombra, mi traba en la puerta, mi intimidad, aunque solo fuera para estar en silencio.
(Tú te quitaste la ropa, 
un gesto repetido y hecho rutina.
Yo, me desnudé,
sin trabas y con fe)

Así las cosas, decido coger a un autor. Y un libro cuyo protagonista es un hombre que, aparentemente, está pasando por la crisis de la mediana edad (siempre me he preguntado qué carajo de crisis es esa). Que no se diga.
Si no podés con la vida, probá con la vidita.
(Si no puedes con la vida, 
no te la inventes)

Sin duda, la frase más citada y laureada de este libro. Y hete aquí que voy y yo y no estoy de acuerdo con ella. Porque me suena a conformismo. A rendición. Y claro que te puedes rendir. Todos los días. Es una opción y a cada instante elegimos. Pero también todos los días puedes seguir aspirando a la vida, y no a la vidita. VIDA. La palabra más repetida en este blog.

Mi sensación es que a Lucas ya le quedaba grande la vidita, y que lo que en realidad necesita es estrenar una vida, una vida de verdad y no su vidita de fantasía. Su vidita egoísta. No empaticé con Lucas, qué le voy a hacer. Bueno, miento, lo hice a ratos, con ciertas reflexiones. Pero tenía la sensación de que lo que Lucas hacía no era coherente con lo que Lucas pensaba en algunas ocasiones.
Hace falta esa ignorancia para que continúe la especie, generaciones de ingenuos que se meten en un baile del que no tienen ni idea.
(La honestidad es bastante ingenua e inocente. Siendo así, que entonces no se terminen nunca las generaciones de ingenuos. Que pueblen el mundo de norte a sur y de este a oeste)

Una de las razones por las que no conseguí entender a Lucas es porque no me parece un ingenuo precisamente. Porque hay comportamientos que puedes comprender mejor si no se hiciera tanto esfuerzo por justificarlos, porque no consigo verlo como víctima ni como alguien inocente, porque me parece que en ocasiones había mucha autocompasión y poca compasión por los damnificados por su propio comportamiento.
Había cierta lealtad en mi deslealtad.
(Infiel para algunos, 
leal hasta el último aliento)

Concepto erróneo: puedes ser infiel sin caer en la deslealtad. Infiel pero leal. Perogrullada: si eres desleal, no hay lealtad. Este tipo de cosas me rechinaban, aunque hubo otras muchas que me han encantado. Es verdad que hay reflexiones y fragmentos con los que he gozado. Tampoco era tan difícil en medio de una verborrea que se me hizo excesiva porque a veces sentía que caminaba por una selva en la que tenía que ir desbrozando la paja, las ramas innecesarias, para llegar al meollo de la cuestión. Pero en medio de ese torrente verbal, ese divertido desbordamiento de palabras, terminaba por encontrar semillas prometedoras, manjares refrescantes, víveres satisfactorios.
Con vos necesito un tatuaje que me ayude a olvidarte, no a recordarte, un antitatuaje.
(Revertir cada tatuaje…)

Pero esas pequeñas ráfagas de luz, esos destellos vibrantes, eran como gotas de lluvia que no se mezclaban, no hacían charco, no sumaban al rio. No hacían trama suficiente.

Y dicho todo esto, lo sorprendente es que me ha gustado La uruguaya. Porque era justo lo que necesitaba después de La vegetariana: un libro que me sacara de la conmoción, algo ligero e incluso predecible, pero con cierta consistencia, una lectura entretenida, festiva y fácil, en la que se entremezcla lo superficial y lo subterráneo; una charlatanería que tan solo rozara lo intenso levemente, con pretensiones pero sin conseguirlo del todo, que se deslizara más por la vía del humor.  Y ya.
Nadie es solamente una persona, cada uno es un nudo de personas, y el nudo de Guerra era de los complicados.
[Amén. 
Amen. 
De verdad. 
Que el nudo de personas nos haga cre(c)er
y no lo contrario]

jueves, 8 de junio de 2017

La vegetariana (Han Kang)




Título original: 채식주의자 (Chaesigjuuija)
Traductora: Sunme Yoon
Páginas: 239
Publicación: 2000 (2017)
Editorial: :Rata_
ISBN: 9788416738137
Sinopsis: La vegetariana relata la historia de una mujer corriente, Yeonghye, que por la simple decisión de no volver a comer carne convierte una vida normal en una perturbadora pesadilla. 

Antes de que mi mujer se hiciera vegetariana, nunca pensé que fuera una persona especial. Para ser franco, ni siquiera me atrajo cuando la vi por primera vez.
Madre mía. Qué libro. Qué libro. Enorme. Lo que me ha hecho llorar. Y tantas cosas que decir de este libro. Y la imposibilidad de decirlas todas. Por empezar por algún punto, lo haré diciendo lo que NO es este libro.

NO es un libro sobre vegetarianismo. Dejar de comer carne no te convierte en vegetariana. No implica que Yeonghye esté haciendo una dieta o cuidando su nutrición. No, sus razones son otras. Un gran acierto el título del libro, sin duda.

NO es un libro sobre un trastorno alimentario, aunque las consecuencias a nivel de salud sean las mismas. No hay por parte de Yeonghye una percepción distorsionada de su propio cuerpo. Más bien al contrario, su percepción, tanto de su cuerpo (sobre todo de su cuerpo) como de lo que le rodea y de su propia decisión, es feroz, brutal y tremendamente lúcida y consciente.

NO es un libro sobre la locura o cualquier tipo de trastorno mental. Acabo de decirlo: Yeonghye es quien posee la lucidez, la clarividencia. Y toma una decisión que decide llevar, brava y valiente, hasta las últimas consecuencias. Consecuencias que le afectan a ella y a quienes la rodean (nunca preguntes por quién doblan las campanas, porque están doblando por ti).

NO es un libro pornográfico. Y quizás sorprenda esta afirmación, pero parece que hay quien piensa que lo es. Hay sexo, sí. Violento y no consentido. Incluido ese sexo dentro del matrimonio en el que el no consentimiento no deriva en que el hombre admita que acaba de violar a su mujer. Y ocurre cada día. Y es violación. No tiene otro nombre.

NO es un libro más.

Dicho todo lo que no es este libro toca hablar de la decisión de Yeonghye, de sus razones. Y aquí entramos en terreno resbaladizo. No porque esas razones sean confusas o poco claras. No es el caso. Desde que vi el texto que aparece en la portada del libro supe lo que me iba a encontrar. Supe que hablaba de mí. Hace poco vi en el muro de un solar una frase escrita: DESAPAREZCA AQUÍ. Me situé debajo. Deseaba desaparecer. Sin ruido, sin dolor, sin daños. Diluirme como la sal en el agua o la espuma en las olas del mar. No sucedió. Por mucho que mis deseos fueran como linternas voladoras atravesando el cielo de la noche, simplemente no sucedió. Y, a los pocos días, empecé a ver este libro con el siguiente texto en la portada, en el que habla de una mujer que era yo, que soy yo:
Hay una mujer, un ser humano que ya no quiere formar parte de la humanidad. Un ser que pone en juego su vida para no dañar a nadie ni a nada, un ser a quien un día deja de importarle en absoluto vivir o morir.
Tenía que leerlo. 

Se menciona mucho la acertada estructura narrativa del libro, que da voz al marido, al cuñado y la hermana de Yeonghye, mientras que ésta aparece silenciada. Pero en verdad es, y no es, del todo cierto. Al menos a mí me pareció escuchar todo el tiempo a Yeonghye. De una forma directa a través de sus sueños, y de una forma indirecta, pero clara y contundente, a través de su decisión. 

Las palabras mienten, camuflan, distorsionan. El comportamiento desenmascara.
Si pudiera dormir… Si pudiera dejar de estar consciente aunque fuera una hora…
Sus sueños. Ahí empieza todo. Y ahí empieza también mi entendimiento, mi comprensión. Por los sueños. Porque yo sueño mucho, porque he querido no dormir para no tener que soñar. Y ahí está la voz de Yeonghye, dándonos sus razones (He tenido un sueño). Y a través de sus sueños, vamos sabiendo sus motivos.
Me había vuelto una desconocida, pero no había duda de que era yo. No, al revés. Era un rostro visto innumerables veces, pero no era mi cara. No puedo explicarlo. Conocida y desconocida a la vez, fue una sensación vívida y extraña, terriblemente extraña.
Sentirse extraña, conocida y desconocida. Ser tú pero no ser tú. Algo ha cambiado, algo ha hecho clic. Como tener una visión de todo aquello que te rodea. Saber que no perteneces. No quieres pertenecer ni formar parte de aquello a lo que no perteneces. Y decides. Se llama coherencia.

Las razones de Yeonghye. 
Sí, están ahí, altas y claras:
¿Por qué  no me asusté entonces? Todo lo contrario, me sentí hasta serena. Fue como si una mano se posara en mi corazón. Como si repentinamente todo lo que me rodeaba se retirara como la marea.

Todo me parece desconocido, como si viera las cosas desde atrás. Como si estuviera encerrada detrás de una puerta sin picaporte. No es eso, será que estuve allí desde el principio y me di cuenta de ello repentinamente. Está todo oscuro. Todo está negro y machacado.

Solo confío en mis pechos. Me gustan mis pechos, pues con ellos no puedo matar a nadie. ¿Acaso las manos, los pies y los dientes, e incluso la lengua y la mirada, no son armas con las que se puede matar y herir a cualquiera? Pero los pechos no.
Yeonghye no usa sujetador. No le gusta. No le gusta que lo único en lo que confía (sus pechos) estén apretados, encerrados, constreñidos. Es lo único de su cuerpo que siente que es inocente, no violento, no agresivo, no dañino. Lo único puro. No usa sujetador, no le importa mostrar sus pechos. Y lo que para los demás es una provocación, moral o sexual, para ella es el inicio (junto a la decisión de no comer carne) de un camino hacia lo único que considera limpio, natural y verdadero. Y ese camino va a provocar en los demás una serie de reacciones que son, precisamente, aquello que induce a Yeonghye a recorrer, valiente, un camino sin retorno.
Nadie puede ayudarme.
Nadie puede salvarme.
Nadie puede hacerme respirar.
Así es, nadie ayuda, nadie salva, nadie hace respirar. A su alrededor, Yeonghye solo percibe violencia. Hay violencia en este libro. Pero la importante es la que aparece soterrada. Hay muchas formas de agredir. Y ella opta por oponerse a todo eso desde una postura pacífica, sin dañar a nada, sin dañar a nadie. Pero todos los que la rodean se sienten dañados, lo que ya es en sí mismo una forma egoísta de agredir a la propia Yeonghye.

La respuesta que de los demás recibe la metamorfosis de Yeonghye es áspera como una lija, amarga como una fruta podrida, atroz como un abismo bajo los pies, despiadada como una pesadilla, violenta y cruel como el asesinato de un niño. Como matar la inocencia.
“Tengo ganas de morirme”.
“Tengo ganas de morirme”.
“Entonces muérete”.
“Muérete”.

“Todo esto no tiene ningún sentido.
No puedo aguantar más.
No puedo seguir adelante.
No quiero seguir adelante”.

¿Y por qué no puedo morirme?
¿Y por qué no puede morirse? ¿Por qué? Porque no la dejan. Porque su verdad ofende, porque destapa, desnuda a todos: a su marido, a su cuñado, a sus hermana, a sus padres, a la sociedad… 
Tu propio cuerpo es lo único a lo que le puedes hacer daño Es lo único con lo que puedes hacer lo que quieres. Pero ni eso te dejan hacer.
Este libro nos interpela, nos cuestiona, nos señala. Si perturba es porque incomoda. Como un orzuelo en el ojo, un dedo que te señala, una cuchilla rasgando las venas. Es una lectura amarga, corrosiva, casi física. Necesaria. Cada libro tiene vida propia, y sin duda La vegetariana consigue provocar emociones muy poderosas y eléctricas; es de una franqueza y una calidad literaria incuestionables.

Estoy usando demasiadas palabras para hablar de este libro, no lo estoy haciendo bien. Es necesario escuchar el silencio de Yeonghye. Comprender su decisión. Hacerla mía.
Todos los árboles del mundo me parecen hermanos. 
Ir de lo corpóreo a lo etéreo. 

Desaparecer.